El Niño Extranjero
RINCÓN DE LENGUA
EL NIÑO EXTRANJERO
Sergio Sáez vivía en una de las plazas del sector III. No tenía hermanos ni padre. Su madre era americana, igual que él.
Llegaron a España cuando no había cumplido aún los dos meses. Y por mucho que sus compañeros le llamaban “guiri” no se sentía para nada extranjero. Nunca le preguntó a su madre sobre su padre; no es que no tuviera curiosidad pero si ella no sacaba el tema sería por alguna razón. Sólo sabía que no estaba muerto. Pensaba que seguramente se divorciaron o quizás ni siquiera se habían casado. A veces dudaba de que tuviera una explicación tan sencilla, al fin y al cabo nadie deja su país de repente con un niño recién nacido y no vuelve a saber nada de su familia (Sergio tampoco conocía a la familia de su madre).
Todos sus compañeros, que conocían la historia, pensaban que era un poco idiota por no preguntar nada, pero Sergio estaba seguro de que hay cosas que no se deben preguntar. Además, a su madre le daría mucha pena hablar de su pasado, si no ya lo hubiese hecho.
A veces se imaginaba el aspecto de su padre. Su madre era tan rubia que estaba claro que él había salido a su padre: con esa cara de mulato, quizás hispano o indio y esos ojos tan grandes y negros… Tenía más aspecto típico español que la mayoría de los chicos que lo llamaban “guiri”. Le resultaba muy raro no conocer exactamente por qué tenía la piel de ese color o los hombros tan anchos, sin saber tampoco de donde venía, ni conocer a su familia… Pero se resignaba porque sabía que jamás se lo preguntaría a su madre. Aunque quizás lo descubriera por otros medios.
Un martes de invierno por la mañana, cuando todavía es de noche pero las calles están llenas de gente que van a trabajar y los autobuses no paran en las estaciones porque van llenísimos, Sergio estaba esperando a que el padre de un amigo le recogiera en coche para ir al instituto. Estaba medio dormido y de mal humor. Enumeraba por orden todas las asignaturas de ese día y le parecía imposible que fuera a soportarlas. A su lado estaban de pie dos hombres que no conocía, era raro porque a esas horas la gente que baja a la calle siempre es la misma. Pero no se preocupó, aunque debería haberlo hecho. Uno de los hombres era pequeño y rubio y el otro era más alto y con el pelo un poco más oscuro. Parecían extranjeros, pero eso no tendría que resultarle extraño porque hay muchos inmigrantes en Getafe. Escuchó lo que estaban hablando, inglés. Hubiera podido entenderles si no fuera por que, más que hablar, cuchicheaban. Pero consiguió oír un poco. Decían algo sobre las plazas de ese sitio y las señalaban. Luego se quedaron mirando, se dieron la vuelta y ya no consiguió oír nada más. ¿De qué asunto estarían hablando que él no podía enterarse? Más bien, si hablaban en inglés, ¿Por qué iban a creer ellos que les podía entender? De pronto, uno de ellos, el más bajito, se le acercó. Algo en su cara le previno del peligro. Sergio tenía el corazón en un puño, pero no reaccionó a tiempo. Aquel hombre le dijo, “Hello”, y le agarró del brazo. Le hizo daño, y cuando quiso gritar le tapo la boca con la mano. Forcejeó, pero el otro hombre se había acercado y le empujaba hacia un coche azul. Le echaron violentamente en el asiento de atrás, y entraron en la parte de delante. El que le había atrapado el brazo conducía. Cuando se incorporó, el hombre moreno empezó a hablarle:
- Te hemos estado buscando por todas partes desde hace 14 años, chaval.
Sergio ni siquiera abrió la boca. Estaba muy asustado. No entendía nada.
- Sabíamos que tu madre huyó a Europa, pero tardamos años en saber que se escondió en España.
-¡Qué!- Exclamó Sergio sobresaltado. Tenía un nudo en la garganta. No podía entender que conocía a su madre. ¿Qué era lo que le intentaba decir?
- Nunca nos imaginamos que abandonaría su puesto en el experimento de esa forma tan radical…
Sergio le interrumpió histérico:
- ¿Pero que dice de mi madre? ¿De qué la conoce? ¿Por qué me secuestran?
- Ya suponíamos que ella no te había contado nada. Era demasiado débil, demasiado sentimental como para colaborar en un proyecto como aquél.
A Sergio le daba la sensación de que lo que le iba a contar no le gustaría nada de nada.
- Dos años antes de que tú nacieras un grupo de científicos empezó a investigar en Massachussets, en un proyecto costeado por un importante miembro del gobierno. Jerry Chong era el jefe de la investigación. -¿Y qué investigaban?- El hombre que le hablaba daba tal tranquilidad que a Sergio casi se le había pasado el miedo.
- Clones – dijo seriamente.
-¿Clones?- se le escapó la risa. Le pareció una broma estúpida.
- Eso parece de ciencia ficción. No me tomes el pelo y déjame salir.- Ha pesar de todo no se le había olvidado que estaba apresado.
- No te rías tanto. Todo lo que te digo es verdad. Tu madre, entonces, estudiaba en la universidad de Massachussets, y le interesaba el tema. Gracias a unos contactos consiguió meterse en el proyecto. Un año después nos llegaron los resultados de unas pruebas. Una sede en Washintong, que se dedicaba a nuestro mismo proyecto, había resuelto ciertos problemas…
El hombre hizo una pausa. Su compañero le había mirado severamente, parecía que no debería de estar hablando de ese tema. Continuó explicando:
- El caso es que poco después conseguimos que las células se dividieran correctamente y así logramos un embrión. A partir de ese momento tuvimos que actuar rápido. Necesitábamos una mujer joven que llevará a cabo la gestión. Nos decantamos por Paula Sáez, por que colaboraba en la investigación. Al principio estaba recelosa de hacerlo pero la convencimos.
El americano siguió hablando, pero Sergio ya no le escuchaba. Se habían parado en un semáforo. El hombre se había confiado al ver que el chico le prestaba atención y ya no le vigilaba. Entonces Sergio abrió rápidamente la puerta y salió corriendo. A los secuestradores casi no les dio tiempo a reaccionar, no se lo esperaban. Echaron a correr detrás de él pero era demasiado tarde, unos segundos más tarde ya no veían ni su sombra. Sergio se paró en una esquina jadeando y con el corazón latiéndole rápidamente. No entendía como no habían cerrado las puertas. Pero eso no era lo que más le preocupaba. Se hacía tantas preguntas que tenía un lío en la cabeza. ¿Por qué me han secuestrado esos hombres? ¿Qué me estaban contando? ¿A dónde voy ahora? ¿Mi madre estuvo dispuesta a tener un hijo clon? ¡Oh, Dios mío…! Sintió como si se muriera. No podía creerlo. Todo tenía que ser una mentira, no era posible, no, es imposible… Por qué si eso era cierto… ¡No!
El conductor se había dirigido hacia la salida de “El Casar”. Ahora estaba en el Bulevar. Decidió que quizá lo mejor era ir a ver a su madre para que le explicara todo. Trabajaba en una academia de ingles, no muy lejos de allí. Aunque todavía tardó un poco en dirigirse hacia la academia porque tenía pavor a que le encontraran. A penas pudo pensar en nada a lo largo de recorrido, estaba muy asustada. Dos o tres veces se escondió en una esquina al ver acercarse un coche. Llegó a la academia y preguntó a la recepcionista donde podría encontrar a su madre. La mujer llamó por teléfono y su madre salió de una de las salas:
- ¿Qué pasa, Sergio?
- Mamá… – Paula pudo ver el miedo y la incertidumbre en los ojos de su hijo. Nunca le había así, ni siquiera al salir de una atracción de terror… Pudo imaginarse por qué, pero no quiso creerlo. El no podía haberlo descubierto. Sergio titubeaba
- Mama, hoy, unos hombres… No me digas que es verdad, Mama…
Entraron en una de las salas. Sergio le contó tartamudeando y entre sollozos lo que había ocurrido. Ahora que lo explicaba casi le hacía gracia, era tan irreal, tan ficticio. Pero su madre parecía muy preocupada y nerviosa:
-¿No será cierto, verdad?
- Sergio, tengo que contártelo – hizo una pausa. Parecía estar buscando las palabras adecuadas. Sergio no podía creer lo que le iba a contar. Sólo esperaba que no fuera lo que él esperaba.
- Yo no quería ser la madre de alquiler. Pero en aquella época era muy joven, no tenía los ideales claros. Luego me arrepentí, durante mucho tiempo me arrepentí. Cuando ya llevaba ocho meses embarazada, escuche una conversación donde revelaban lo que iban a hacer con el bebe cuando naciera. Iban a encerrarlo. Querían que vivieras en un hospital toda la vida. Experimento tras prueba, prueba tras análisis… Yo ya quería a ese niño que guardaba en las entrañas. Es cierto que dude, pero lo tuve claro. No iba a permitir que se quedaran con mi hijo, aunque no tuviera ni un solo gen mío, yo lo sentía parte de mi vida. Así que me escapé. Me despedí de mi familia, pero no les explique a donde iba ni porqué me marchaba tan repentinamente. En un principio pensaba irme a México, pero en el camino me puse de parto. Una ambulancia me llevó al hospital. Me encontraba en una ciudad llamada Sergio, era un nombre español, yo no quería que llamaras la atención en México, por eso te puse ese nombre. Sabía que me estaban buscando y me marché lo antes posible. Conseguí llegar a México. Viví unas semanas allí, contigo, claro. Pero me encontraron. Entonces decidí que si quería perderles de vista, debía escapar a un país más lejano. Conseguí el primer avión que salía hacia Europa, y llegué a Madrid. He vivido todo este tiempo con temor a que me encuentren, pero nunca creí que lo lograrían.
Sergio estaba asfixiado. Tanto tiempo preguntándose de donde venía, hubiera preferido no saberlo nunca. Toda su vida había querido saber quien era su padre, pero ahora, en fin, ni siquiera era verdaderamente el hijo de Paula. Y tampoco tenía padre.
- Mama, ¿y el hombre que clonaron? Quiero decir, yo en adulto, o algo así. – Tenía una bola en la garganta, una angustia que jamás había sentido.
- Se llamaba Tom Dickson – Abrió el bolso y empezó a rebuscar. – Era un fanático de las ciencias experimentales. Creo que estaba medio loco. – Sacó la cartera y de ella una foto – Toma, este es él.
- Bueno, tú dices que es él, pero yo pienso que en realidad soy yo. – Observó la foto. Era un hombre con bata de médico posando. Muy grande y moreno, con los ojos redondos y los hombros anchos, como él. Sentía como si tuviera una visión de si mismo. No lo pudo soportar y tapó la foto.
-Cariño- su madre parecía preocupada, hablaba con voz tierna -tu eres tú. Que tengas los mismos genes que otro hombre no significa que seáis iguales. Créeme, te he visto crecer. He tenido tiempo para pensar. Tú no eres igual a nadie, por lo tanto, no eres un clon.
Su madre le resultaba bastante convincente. Pero eran demasiados golpes en un solo día como para olvidarlos tan rápido.
- Ahora, Sergio, tenemos que pensar que vamos hacer. Tendremos que volver a huir, lo siento. Pero quién sabe qué nos harán a ambos si nos encuentran. Tendré que pensarlo.
- Ahora vuelvo, mamá.
Sergio salió de la sala. Fue al baño y se mojó la cara. Estaba tan cansado, tan sorprendido. Tenía un gran peso en el corazón. Él era un clon y… sonaba tan mal. Como si fuera una película de Spilberg, pero aunque no quisiera creerlo sabía que era verdad. Se miró al espejo, ya no se preguntaba de dónde había sacado esos ojos ni la cara. Era simplemente el rostro de otra persona, pero esa otra persona también era él. Su madre le había intentado consolar, pero era inútil. Sentía que su vida era una total mentira, pero ¿Qué vida? ¿Su vida? ¿O la de ese hombre? Porque estaba claro que eran distintos, pero genéticamente eran la misma persona. Y su madre no era su madre, en realidad no tenía padres. Biológicamente serían los padres de Dickson. Se miró a los ojos y se preguntó si esos desconocidos les harían gracia saber que tenían otro hijo. De pronto se quedó clavado frente al espejo. Miraba fijamente a sus pupilas, profundizaba en ellas buscando algo que no sabía, como si detrás se escondiera su verdadera existencia. Y siguió buscando hasta que se asustó. Sintió algo que no pudo describir, como si de repente lo supiera todo y no entendiera nada. Como si se le vaciara el corazón y ya no sintiera. Y supo que esa sensación no la volvería a percibir, aunque desde entonces siempre que se miraba al espejo lo recordaba y pensaba.
Cuando volvió, su madre se había puesto la chaqueta, esta dispuesta a irse. Al contrario que él, ella estaba muy tranquila.
- Tengo que hacer varias llamadas a Estado Unidos. Desde aquí no puedo y no voy a volver a casa. Me iré a casa de alguna amiga. Tardaré un rato. Será mejor que salgas lo antes posible hacia Madrid, a la estación de Méndez Álvaro. Espérame allí, y vigila por si te siguen. – Le dio un beso y algo de dinero.
- Ten cuidado, y no te preocupes.
Y unos minutos más tarde se encontraba en un autobús, buscando un coche azul en la carretera y con una angustia que le consumía el cuerpo. En una mañana su vida había dado un giro radical, pero ni siquiera sabía si se trataba de su vida o de una broma de mal gusto de una película de ciencia-ficción. Sólo esperaba que cuando pasara el tiempo todo pareciera más lógico y lo llegara a entender.
ALBA SÁNCHEZ
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