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Microcuentos

Hoy en clase hemos estado trabajando el microrrelato de Luis Hervás Rodrigo, Amor a la literatura:

Desde pequeño siempre había tenido esa obsesión por los libros, una obsesión a la que sus padres contribuyeron de un modo decisivo, mostrándole los beneficios que la literatura le podía proporcionar. Devoraba cualquier volumen que cayera en sus dominios, sin importar tema o autor: Geografía, Historia, Ciencias, Poesía…todo lo asimilaba de una manera compulsiva, y entraba, sin remisión, a formar parte de su ser. Buscaba por las estanterías de la amplia biblioteca los ejemplares más voluminosos, con los cuales se entretenía por un periodo de tiempo relativamente largo, y cuando los terminaba, volvía, ansioso, a por otro. Desgraciadamente, la adquisición de un nuevo spray antipolillas acabó cierto día con su ilustrada vida, cuando aún no había acabado de engullir completamente, una interesante descripción del motor de combustión en la Enciclopedia Británica.

 

Nos ha llevado un poco de tiempo  entender de qué nos estaba hablando Luis Hervás, ya que pensábamos que el protagonista era un niño al que le encantaba la lectura. Ha quedado claro lo importante que es leer con atención y entender bien cada línea, porque a veces podemos encontrarnos con un desenlace que trastorne completamente todo lo que habíamos captado tanto en el planteamiento como en el nudo, o en el que aparezca la clave para comprender todo el relato. Para muestra, un botón :) A ver qué os parece este otro microrrelato:

Alguien, no viste quién, abrió la puerta, y saliste con toda la vitalidad con que te fue posible hacerlo, pensando que la libertad estaba enfrente y que te daban por fin la posibilidad de disfrutarla. Obviamente, no la encontraste: contra lo que esperabas, sólo hallaste un lugar más espacioso, paredes infranqueables, y varios hombres a los que hasta entonces jamás habías visto, con la crueldad dispuesta y el más feroz de los sadismos preparado. Después, fueron quince minutos, veinte tal vez, de auténtico martirio, en los que tuviste ocasión de conocer sobre tu cuerpo la violencia, y supiste del terrible extremo a que es capaz de llegar en su brutalidad el hombre, de forma arbitraria y sin razón alguna que además lo justifique. Quizá, es probable, te preguntaste por qué lo hacían, cuál era la auténtica razón de que te torturaran de ese modo, o quizá, quien sabe, no llegaste a preguntarte nada, pues, como ellos decían, ni sufrir podías, y pensar era una función para la que sólo ellos estaban capacitados. Después, cuando se cansaron, viste que uno de ellos, el más cruel posiblemente, se paraba frente a ti con su arma preparada, y tuviste la impresión de que el momento del fin estaba próximo. No dudaste: esperanzado, te arrancaste contra él con las pocas fuerzas de que disponías, y respiraste tranquilo al sentir en tu cuerpo la llegada de la muerte, el borbotón de sangre que, viniéndote de muy dentro, te inundó de golpe las fauces, desbordando generoso la glotis y la garganta. Después, no sentiste más, caíste al suelo como un fardo, y un clamor unánime atronó el ruedo, pidiendo, con rara y terrible unanimidad, que te cortaran las dos orejas y el rabo.

                                                                                Carlos ALFARO, El crimen de cada día

¿Y bien? ¿Qué os ha parecido? Como habéis visto se trata de un texto duro que no deja indiferente a nadie…