Esta dama está en guerra, pero vive en la Corte y para ella se viste:negro terciopelo español (el mejor, decían) encajes y puntillas de Holanda en diadema, puños y gola y ese corsé mineral labrado como el del esposo en guerra. Reza o piensa y, desde luego, posa e impone. Sus movimientos, con toda seguridad, están marcados por el peso de las telas, por los obstáculos que para caminar impone el armazón que bajo la falda lleva. ¡Cómo no resultar irreal! Sólo las manos y la cabeza sobresalen en esta puesta en escena; cabeza y manos que parecen poder intercambiarse en un macabro e infantil recortable. Damas como ella pueblan la pintura del XVII, mujeres nobles, encerradas en el atavío, imagen y sueño del amante guerrero que desde muy lejos la mira y la recorre en la miniatura que de ella llevó a la guerra.


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